Recientemente he finalizado la lectura de uno de los libros que componen mi lista para leer este verano. Se trata de “Escuelas Creativas”, del conocido pedagogo y autor Ken Robinson, escrito junto con Lou Aronica.
La lectura del libro es rápida y, si estás en contacto con el mundo de la educación y los centros educativos, es fácil sentir la emoción en la descripción de diferentes iniciativas de escuelas que aplican enfoques innovadores.
La idea general de Ken Robinson es mostrar las deficiencias de la educación normalizada, aquella que se ha impuesto en la mayoría de los países desarrollados y que se basa en una enseñanza dirigida a la masa de estudiantes y a la realización de exámenes y evaluaciones externas mediante modelos generales de prueba.
El autor nos muestra cómo el contexto socioeconómico que dio lugar a este tipo de educación (la Europa de la era industrial) ha cambiado enormemente, generando nuevas necesidades que los sistemas educativos basados en la normalización no pueden cubrir. El resultado es un panorama bastante familiar para los profesores: altas cuotas de fracaso escolar y de abandono, y un aprendizaje que antepone el enfoque académico al práctico. La educación normalizada sigue promoviendo capacidades como la memorización y la absorción pasiva de conocimientos, dejando en un segundo plano la experimentación, la curiosidad y la creatividad como medios para aprender.
El libro está plagado de ejemplos de escuelas que han optado por un enfoque basado en los intereses de los alumnos y alumnas, de corte eminentemente práctico, que atiende a las motivaciones individuales al emplear una metodología transversal en la que el profesor orienta y facilita, disponiendo de tiempo para conocer a sus estudiantes para poder ayudarles de mejor manera.
Ken Robinson cubre diferentes aspectos como la (necesaria) implicación de las familias, el papel del estado, y los factores que pueden inducir al cambio. Sin embargo, como docente, me quedo especialmente con aquellas ideas que puedo aplicar más directamente. Y es que cuando conectas con los alumnos y alumnas como individuos, cuando consigues tratarlos como seres con inquietudes y necesidades, puedes potenciar en ellos la motivación necesaria para ver que la educación va más allá de pasar ocho horas al día en un centro, cambiando de asignatura cada 50 minutos. Puedes hacerles ver que la educación es una oportunidad que se les ofrece para poder realizarse como seres humanos, para desarrollar todo su potencial sea el que sea, y para encarar el mundo con seguridad y con recursos.
Y esta es nuestra principal labor como docentes, actuar como un trampolín que les impulse a alcanzar lo mejor de sí mismos. Por desgracia, todavía queda mucho por hacer, y hay muchos profesores y profesoras que se niegan a probar nuevas formas de enseñar, bien por miedo o por comodidad (y puedo entender ambas posturas… bastantes labores llevamos cara adelante como para aumentar nuestra carga de tareas). En cualquier caso, creo que es nuestra labor como profesionales de la educación ser capaces de salir de nuestra zona de confort e intentar arreglar aquello que no acaba de funcionar y de lo que somos testigos día tras día en el aula.


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